¿Liderazgo para qué? Editorial de Natalia Porfiri.

La pregunta me acompañó de regreso a casa después de participar en una jornada de formación y debate sobre comunidad y liderazgo realizada en Cañada de Gómez, donde dirigentes,sindicatos, organizaciones y referentes territoriales compartieron diagnósticos, preocupaciones y desafíos sobre el presente.

Durante horas se habló de participación, organización, juventudes, salud, educación, trabajo y construcción colectiva. Sin embargo, la imagen que terminó ocupando mis pensamientos no surgiódentro del salón.

Había aparecido unas horas antes.

A pocas cuadras de la actividad, un niño esperaba el semáforo en rojo para vender bolsas deresiduos.

No sé su nombre. No sé su historia. No sé siquiera si era cierto que en dos días cumplía años y deseaba comprarse una torta como les contaba a los automovilistas. Lo que sí sé es que estaba ahí.

Lo vi antes de ingresar a la jornada. Pero fue al salir, mientras regresaba a casa, cuando esa imagen volvió a aparecer una y otra vez.

Y me pregunté si la política todavía es capaz de ver estas escenas. No para conmoverse un instante ni para utilizarlas como argumento, sino para asumirlas como punto de partida.

Durante la jornada se habló mucho de comunidad. Y me quedó dando vueltas una idea sencilla: una comunidad no se define solamente por los discursos que produce, sino también por las realidades que decide no naturalizar.

Quizás por eso la pregunta más importante no sea cómo construir liderazgo. Quizás la pregunta sea liderazgo para qué. ¿Para administrar lo existente? ¿Para disputar poder? ¿O para transformar aquellas situaciones que, aun cuando se vuelven habituales, nunca deberían parecernos normales?

Porque si algo atraviesa nuestro tiempo es la angustia. La angustia de quienes sienten que el esfuerzo ya no garantiza futuro. La angustia de las familias que hacen cuentas todos los días, la de los jóvenes que no encuentran un horizonte claro, la de quienes ven deteriorarse condiciones de vida que alguna vez parecieron derechos consolidados.

Frente a eso, las palabras importan, pero también importa la coherencia entre las palabras y las acciones. Tal vez el desafío de la política no consista solamente en elaborar buenos diagnósticos sobre el presente ni grandes promesas sobre el futuro. Tal vez consista en reconstruir vínculos, fortalecer la comunidad y convertir las convicciones en hechos concretos.

Porque ninguna sociedad cambia únicamente cuando encuentra las respuestas correctas. Empieza a cambiar cuando se anima a hacerse las preguntas correctas. Y quizás una de ellas sea esta: ¿qué estamos dispuestos a hacer para que determinadas realidades dejen de parecernos normales?

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