"La ciudad del simulacro" Editorial de Natalia Porfiri.

Cada vez hacemos más cosas. Cada vez resolvemos menos problemas.
Hay algo que me viene dando vueltas hace tiempo y que probablemente incomode a más de uno: la sensación de que nos estamos acostumbrando a actuar. Actuamos que participamos, que escuchamos, que transformamos.
Actuamos que debatimos. Y mientras tanto los problemas siguen ahí.
La política organiza reuniones. Las instituciones organizan jornadas. Las áreas municipales realizan encuestas. Los dirigentes publican comunicados. Las redes sociales hierven de opiniones. Todos parecemos estar haciendo algo. Pero cada vez cuesta más encontrar discusiones capaces de modificar realmente la vida cotidiana de las personas.
Quizás por eso tanta gente está cansada. No solamente por la situación económica.
También por la distancia creciente entre lo que se dice y lo que efectivamente sucede.
Porque una ciudad no mejora por la cantidad de anuncios que produce. Mejora cuando cambian las condiciones concretas de vida de quienes la habitan. Y ahí es donde aparece una pregunta incómoda:
¿Cuánto tiempo más vamos a dedicar a representar soluciones antes de empezar a construirlas?

Porque si somos sinceros, el simulacro no es solamente un problema de la política.
También atraviesa a la sociedad. Nos indignamos por redes sociales y dejamos de participar en los espacios comunitarios. Hablamos de convivencia mientras convertimos cualquier diferencia en una guerra. Reclamamos diálogo mientras escuchamos únicamente a quienes piensan igual que nosotros. Pedimos compromiso mientras cada vez nos cuesta más comprometernos con algo que exceda nuestros propios intereses.
Todos, de alguna manera, empezamos a acostumbrarnos a versiones reducidas de las cosas. Versiones reducidas de la política, de la participación, de la comunidad, de los vínculos. Y quizás por eso la sensación de vacío aparece incluso cuando, aparentemente, pasan tantas cosas.
Porque no todo movimiento es transformación. No toda actividad es participación. No toda reunión es construcción colectiva, no toda encuesta es una política pública. No toda obra es desarrollo, y no toda gestión es una idea de ciudad.
Mientras discutimos nombres, candidaturas, alineamientos e internas, hay preguntas mucho más profundas que siguen esperando respuestas.
¿Cómo estamos viviendo? ¿Qué tipo de comunidad estamos construyendo? ¿Qué futuro imaginan nuestros jóvenes? ¿Qué lugar ocupan hoy las escuelas, los clubes, las bibliotecas, las iglesias; en una sociedad cada vez más exigida y más fragmentada?
¿Qué hacemos con la soledad, con el agotamiento, con la falta de horizontes compartidos?
Son preguntas incómodas porque no se resuelven con una foto, una conferencia de prensa o una sesión del Concejo. Exigen algo más difícil, pensar, discutir prioridades.
Exigen asumir que algunas transformaciones llevan años y que no siempre generan rédito inmediato.
Tal vez por eso se habla tan poco de ellas. Porque en tiempos donde todo parece medirse por la visibilidad, la velocidad y el impacto inmediato, detenerse a pensar puede parecer una pérdida de tiempo. Ysin embargo, quizás sea exactamente lo que más estamos necesitando.
Porque una ciudad puede crecer, pavimentarse, iluminarse y expandirse, pero si pierde la capacidad de preguntarse para qué hace todo eso, corre el riesgo de terminar administrando su crecimiento mientras se le escapa algo mucho más importante: elsentido.
Y cuando una comunidad pierde el sentido de hacia dónde va, tarde o temprano descubre que ninguna obra alcanza para reemplazarlo.
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